El tiempo efectivo de trabajo se desploma pese al récord de ocupados y siembra dudas sobre la mejora de la productividad

Los españoles trabajaron en 2025 una media de 679,4 millones de horas a la semana, la cifra más alta desde 2008. Aunque hay que tener en cuenta que, entre medias, la ocupación ha crecido en cerca de dos millones de personas y ha alcanzado un récord de 22 millones, con lo que la media por trabajador ha caído de 33,2 a 30,5 horas efectivas semanales, su peor dato de la serie si descontamos 2020. Esta evolución abre importantes incógnitas sobre la productividad laboral y el crecimiento potencial de la economía española, en el que el absentismo (ocupados que no trabajan) parece jugar un papel más destacado que los cambios en la forma de planificar el tiempo de trabajo.

Los datos de la EPA a cierre del pasado año reflejan un máximo histórico en el número de ocupados y un descenso de la tasa de paro por debajo del 10% por primera vez en 17 años. Pero la evolución del número de horas efectivas de trabajo no responde con la misma intensidad a la evolución del mercado laboral. Para entender las implicaciones de esta afirmación, conviene desligarla del debate sobre la reducción de la jornada laboral de los asalariados. El dato de horas efectivas de trabajo engloba tanto a trabajadores por cuenta ajena como propia, con independencia de si lo hacen a tiempo completo o parcial. Aun así, lo que indica es especialmente sorprendente.

Entre 2020 y 2021, ejercicios marcados por la pandemia y los confinamientos, se registraron los mínimos de horas trabajadas y de tiempo de trabajo efectivo por trabajador (29 horas). Una de las claves está en los ERTE, cuyos afectados cuentan como ocupados para la EPA, aunque no trabajen. Lo extraño es que, superada esta situación, se produjo un intenso repunte de la creación de empleo que, sin embargo, no revertió la tendencia: el agregado de las horas trabajadas creció al haber más empleo, pero la media por ocupado quedó muy por debajo de los niveles previos a la pandemia. Y desde entonces ha ido bajando aún más. Si un país como España crea empleo a un ritmo mayor al de las horas trabajadas, hasta el punto de que el tiempo efectivo por trabajador se reduce, puede responder a varios factores: por ejemplo, una creación de empleo derivada hacia sectores denominados de “alto valor añadido” que hacen un uso menos ‘intensivo’ de mano de obra y basan su productividad en otras métricas aparte del tiempo de trabajo. Algunos análisis apuntan en esta dirección; como hemos contado en elEconomista.es, hablan de un cambio de modelo. A ello contribuiría un incremento de la contratación indefinida gracias a la reforma laboral.

¿Pero y si esta mejora de la productividad es un espejismo? ¿Es sostenible a medio y largo plazo? El grueso del mercado laboral aún reposa sobre sectores con un “uso intensivo” de mano de obra, como la hostelería, el comercio, la logística o la construcción. Y en ellos lo que se aprecia es una ruptura del encaje entre oferta y demanda de mano de obra que está elevando las vacantes a pesar de tener 2,4 millones de parados. En este escenario, no faltan las voces que aseguran que en España no se crea empleo, sino que se reparte.

Las empresas señalan como factor agravante el auge de la incapacidad temporal y bajas por enfermedad, que es la primera causa para no trabajar después de las vacaciones. Otras voces apuntan al empleo a tiempo parcial y al auge de figuras como los fijos discontinuos, aunque su impacto es más difuso. Por ejemplo, los empleos a tiempo parcial representan el 13,75%, un porcentaje inferior al que se registraba antes de la reforma laboral, cuyo mayor efecto ha sido un incremento del peso de la contratación indefinida a tiempo completo. El retroceso desde los máximos de 2008 es general en todos los colectivos, si bien la evolución tras la pandemia ha sido muy diferente: mientras entre los autónomos hay una mejora que se estancará en 2025, entre los asalariados del sector privado hay una clara debilidad. Pero el peor dato lo registran los trabajadores públicos, que desploman su tiempo efectivo de trabajo a una media de 27,8 horas, un mínimo histórico que rebaja incluso los niveles de la pandemia.

¿Trabajamos menos que antes?Ahora viene la pregunta del millón: ¿significa que los españoles trabajamos menos o, expresado en términos más económicos, somos menos productivos? Aquí hay un factor a tener en cuenta: cuántos ocupados trabajaron realmente en la semana de referencia de la EPA. A estos corresponden realmente estas horas trabajadas y en 2025 su media anual se situó en el 88,2% del total del empleo. Es el dato más bajo tras el 84,5% de 2020 y a bastante distancia del 91,4% con el que cerró 2009.

Esta diferencia es clave, porque si establecemos la media de horas efectivas para estos trabajadores no es solo más alta que para el total de ocupados, de 34,6 horas semanales, sino que los últimos años ha mantenido un nivel mucho más estable y coherente con la evolución de otras métricas del tiempo de trabajo, como los convenios colectivos.

Lo sorprendente es que hasta 2019 mantenían una tendencia paralela que se rompe tras la pandemia. En pocas palabras, la clave de esta brecha entre ocupados totales y efectivos no es solo el tiempo efectivo de trabajo, sino su evolución desigual desde 2020. El problema no es que los trabajadores españoles empleen menos horas, sino que efectivamente hay menos ocupados. La situación coincide con el repunte de las bajas por incapacidad temporal que algunos autores asocian a un cambio demográfico en el mercado laboral hacia trabajadores seniors. Aunque su cualificación está fuera de toda duda, su encaje en sectores con un “uso intensivo de mano de obra”, es más complejo. Pero las faltas de trabajo por enfermedad han crecido en todas las franjas de edad y cada vez parece más claro que el problema está en un sistema de control y gestión de bajas completamente saturado, que alarga los procesos en el tiempo.

A la luz de estos datos, instituciones ‘oficiales’ como el Banco de España ya han lanzado avisos en 2025 sobre un problema que puede lastrar el crecimiento de la economía con una productividad laboral inferior a la que el crecimiento del empleo sugiere.

El Economista
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