Reforma universitaria

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Hoy día ya nadie niega en Econolandia que el bienestar material, aparte del equilibrio social, depende del «capital humano», es decir, de los saberes, habilidades y actitudes de sus habitantes.
La capacidad de innovación en productos y procesos de fabricación, la eficiencia en la gestión de empresas o Administraciones Públicas, e incluso la aceptación de nuevas tecnologías o formas de organización social como las que caracterizan a la Sociedad de la Información, dependen de la educación de sus ciudadanos.
Naturalmente la educación a la que nos referimos incluye conocimientos formales, desde la escuela a la universidad, pero también habilidades y actitudes en relación con el trabajo en equipo, apertura a nuevas ideas, espíritu de superación, liderazgo, etc., que se adquieren a través de un proceso que dura toda la vida.
A la universidad le corresponde un papel estratégico en la acumulación de ese «capital humano». Ahí deben estar localizados muchos grupos de investigación que colaboren en la innovación y, más en general, en la adaptación y creación de nuevos desarrollos teóricos. Pero, sobre todo, en la Universidad está localizada la formación a nivel superior de una parte importante de nuestros jóvenes y, cada vez más, la adaptación continuada de muchos profesionales del país.
Precisamente por su papel estratégico, económico y social, la Universidad es un asunto que nos incumbe a todos nosotros, empresarios o trabajadores, jóvenes o mayores, empleados o en paro. La reforma universitaria no es un asunto interno de autoridades académicas y profesores. De su mayor o menor acierto depende la calidad de los servicios que estos centros deben prestar a la sociedad en su conjunto.
La verdad es que en todos los países de Econolandia se están buscando las nuevas líneas estratégicas del cambio que las universidades deben acometer para situarse a la altura de los tiempos.
Sería inaceptable que algún país del sur de Europa que estuviera aprobando una nueva ley universitaria fuera incapaz de generar el acuerdo social necesario para poner en marcha ese proceso de cambio. No me imagino un país como Econolandia en que Feliciano Asín y Angustias Díaz, los dos lideres de los principales partidos en el poder y en la oposición, no encontrasen una estrategia conjunta para alcanzar la nueva Universidad del futuro. No creo posible que exista un país en que las autoridades académicas y los responsables políticos no sean capaces de diseñar un camino en común. Ni en que existan gobiernos regionales, profesores o alumnos que defiendan intereses propios por encima de los generales y no sean puestos en la picota por la sociedad en su conjunto.
No. Seguro que esto no va a ocurrir en un país con amplia tradición cultural, que ha sabido afrontar con éxito un profundo cambio político y una difícil integración en la economía europea.