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21 de febrero de 2005

Cinco Días

La caída la pagamos todos

Con el lenguaje siempre pulcro y comedido que caracteriza a los bancos centrales, el consejo de gobierno del BCE confirmaba el pasado 3 de febrero su posición, ya expresada cuando el euro se apreció de forma acusada.

El aviso viene después de que el euro se haya apreciado durante el año pasado un 7% respecto al dólar y cerrase el año a 1,367 euros por dólar, cambio que ha ido retrocediendo y que la semana pasada se situaba en 1,30 euros por dólar.

Las autoridades norteamericanas apuestan por un dólar bajo para tratar de corregir los graves desequilibrios que padece su economía como consecuencia del aumento de los déficit comercial y presupuestario hasta unos niveles nunca antes alcanzados. Con esta medida esperan aumentar sus exportaciones y frenar las compras en el extranjero, para enderezar unas cuentas en las que los déficit comercial y fiscal se sitúan en el 5,6% del PIB el primero (660.000 millones de dólares) y en 412.500 millones de dólares el segundo al cierre del ejercicio el pasado mes de septiembre. ¿Quién va a pagar esta deuda? La intención de la Administración americana es que la paguemos entre todos, incluida la eurozona, que en los dos últimos años ha sufrido una revalorización de su moneda del 30% frente al dólar. El encarecimiento del euro perjudica a las exportaciones y complica la recuperación de países como Alemania, que en épocas anteriores ha sido la locomotora que ha tirado del carro europeo y en cambio atraviesa ahora momentos complicados con una tasa de paro que es ya del 12,1% de la población activa y un crecimiento del PIB el año pasado de sólo el 1,7%, el mayor no obstante desde el año 2000.

Sin embargo, no todo es negativo para la vieja Europa: un euro fuerte protege sus economías de las subidas del petróleo. Además, como consecuencia de los bajos tipos de interés en EE UU y de la caída de su moneda, los bancos centrales que invertían sus reservas en dólares están deshaciendo posiciones a marchas forzadas y convirtiendo parte de las mismas en euros. El dominio por tanto del dólar en los mercados internacionales está siendo cuestionado, lo que representa un serio problema para EE UU porque su economía se sustenta en la fabulosa captación de recursos financieros extranjeros, con los que enjuga su déficit exterior. Rusia se ha deshecho masivamente de dólares y Asia hace otro tanto. China, principal comprador de bonos americanos, ha visto cómo la devaluación del dólar afecta a sus reservas y añade presión sobre el precio del yuan -las autoridades americanas se lo han pedido expresamente- para que flexibilice el tipo de cambio y se encamine hacia una revalorización que, de aplicarse, tendría consecuencias favorables para el déficit comercial de EE UU y negativas para la carrera expansiva de la economía china. Encarecería sus productos y afectaría a su sistema bancario en el que perderían confianza sus ciudadanos.

En América Latina, los países que dolarizaron su economía pensando que de esa forma eliminaban riesgos cambiarios, tienen que añadir ahora a su pobreza la circunstancia de ver reducido su poder de compra como consecuencia de la depreciación de una moneda en la que ellos no han tenido nada que ver. Son los más pobres y ellos también están pagando la crisis norteamericana, que recordemos tiene sus orígenes en un exceso de compra y en el desajuste de las finanzas públicas originado por mantener un volumen de gastos superior al de los ingresos. Bush aplicó una política de reducción de impuestos que ha limitado los ingresos públicos. El desastre de la aventura imperialista de la guerra de Irak tampoco ha salido gratis y tiene un peso importante en el monto deficitario. También ejerce un efecto negativo la perspectiva de nuevas guerras. Lo pagaremos entre todos, también el pueblo norteamericano. Bush va a recortar o suprimir ciento cincuenta programas públicos para reducir el déficit presupuestario, muchos de los cuales, según han denunciado varias organizaciones no gubernamentales, están destinados a diversos tipos de asistencia social para los sectores más necesitados. Para impulsar la economía quiere también que el Congreso apruebe un proyecto energético que permita la explotación de hidrocarburos en una zona natural protegida de Alaska. Ni la naturaleza se libra de los efectos de este desaguisado.

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