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17 de octubre de 2019

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Los líderes de la economía global juegan con fuego

La aplicación hoy en día de la 'doctrina Obama' permitiría abordar con inteligencia los retos económicos mundiales.

No hagas estupideces". Esta frase llegó a conocerse como la "doctrina Obama". Reflejaba las lecciones que Barack Obama había aprendido de la innecesaria Guerra de Irak de su antecesor en la Casa Blanca. Para muchos, la doctrina era derrotista. Hoy, yo le veo sus méritos. Sería maravilloso ver actuaciones inteligentes frente a nuestros numerosos retos. Su aplicación hoy en día supondría un alivio. Éste es el caso, sobre todo, de la economía mundial. Como señaló Kristalina Georgieva, la nueva directora gerente del FMI, en su estreno en la cumbre anual celebrada esta semana en Washington: "En 2019, esperamos un crecimiento más lento en casi el 90% del mundo. La economía mundial atraviesa una ralentización sincronizada". Un estudio de Brookings Institution es aún más desalentador, al describir la situación como un "estancamiento sincronizado". ¿Qué está provocando esta ralentización, especialmente marcada en la industria y el comercio? La respuesta parece ser, en gran medida, la creciente incertidumbre. Ésta, exponen los autores de Brookings, se debe a las "tensiones comerciales persistentes, a la inestabilidad política, a los riesgos geopolíticos y a la preocupación sobre la eficacia limitada de los estímulos monetarios". Esa incertidumbre, según Gavyn Davies, ha "arraigado".

En su último informe sobre Perspectivas de la Economía Mundial, el FMI prevé un crecimiento del PIB mundial de sólo el 3% este año, frente al 3,6% en 2018. En las economías de altos ingresos, el crecimiento agregado previsto es del 1,7%, bajando con respecto al 2,3% del año pasado. En las economías emergentes, el descenso será del 4,5% al 3,9% este año. El crecimiento del comercio mundial se prevé de un 1,1%, frente al 3,6% el año pasado. Esta cifra está muy por debajo del incremento de la producción: lo que implica una desglobalización, al menos en lo referente al comercio.

Los riesgos son un factor negativo. Los conflictos comerciales entre Estados Unidos y sus principales socios podrían empeorar. De ser así, las cadenas de suministro integradas, sobre todo las de los productos de alta tecnología, podrían alterarse gravemente. El Brexit puede ser caótico. Abundan asimismo los riesgos geopolíticos, especialmente en Oriente Medio, pero también en Asia. Por encima de todo, las relaciones entre EEUU y China están empeorando. Existen, además, fragilidades financieras significativas, a destacar la elevada deuda de las corporaciones no financieras. La amenaza de los ciberataques persiste, al igual que del terrorismo a gran escala. Y seguimos sin poner freno al cambio climático.

Amenazas evitables
Resulta deprimente que gran parte de las amenazas para la economía mundial se deban a "estupideces". La política comercial de Donald Trump está destrozando los pilares del sistema comercial posterior a la Segunda Guerra Mundial, creando una enorme incertidumbre en aras del absurdo objetivo del equilibrio bilateral. El Brexit es estúpido: destruirá una fructífera asociación con los vecinos y socios de Reino Unido. Las fricciones entre Japón y Corea del Sur también son estúpidas: debilitan a ambos países en una región cada vez más dominada por China.

Estamos jugando con fuego. Y lo que es peor, lo hacemos en un edificio inflamable. Como dice Lawrence Summers, el peligro no es tanto una ralentización económica mundial como la dificultad de responder eficazmente. El reciente cambio en la política de la Reserva Federal hacia unos tipos más bajos y la caída de las expectativas para los tipos de interés son especialmente elocuentes. Incluso en Estados Unidos era imposible que la Fed subiese los tipos a corto plazo por encima del 2,5% en este ciclo antes de rebajarlos. En otras grandes economías de altos ingresos, el margen de respuesta con políticas convencionales es aún más limitado.

Esto nos dice que la demanda agregada estructuralmente deficiente sobre la que algunos llevamos escribiendo desde antes de la crisis financiera de 2007-2008 sigue siendo generalizada. Lo que nos obliga a reconocer no sólo la estupidez "nacionalista-populista-proteccionista" ya señalada, sino también la estupidez de la "austeridad como religión secular", igual de letal. Todo ello se refleja no sólo en la política monetaria agresiva, rechazada con acierto por el expresidente del Banco Central Europeo Jean-Claude Trichet, sino en la negativa a aceptar la alternativa: la política fiscal. La gente está aterrorizada por la financiación pública, aunque los bancos estén preparados para pagar por el privilegio.

Los precios importan. Lo que sorprende es que las seis mayores economías de altos ingresos puedan financiarse a 30 años a un tipo nominal fijo cercano al 2%, o inferior, y por lo tanto a tipos reales entre cero y negativos, siempre y cuando los bancos centrales cumplan sus objetivos de inflación. Hay que ser desesperadamente pesimista sobre las perspectivas de crecimiento como para creer que es imposible gestionar unos préstamos sustanciales, en esas condiciones. Ése sería el caso si la financiación se utilizase para producir activos humanos, intangibles y físicos de alta calidad. La fijación en eliminar los déficit presupuestarios, en este contexto, es realmente estúpida. Si los tipos vuelven a subir, sería el reflejo de que se perciben oportunidades mejores y justificaría (y facilitaría), así, contener el gasto público. Por su parte, el bajo coste de los préstamos previos se congelaría. Además, como ha señalado Olivier Blanchard, es inusual que los tipos de interés sean inferiores a la tasa de crecimiento. La actualidad parece una versión extrema de esta realidad.

Son tiempos frágiles. Algo de eso refleja en parte la oleada de nacionalismo populista que se extiende por los países de altos ingresos. Pero también refleja una ortodoxia estéril. Una moderada desaceleración es una cosa. Pero una fuerte ralentización que nos negamos a abordar, por estupidez, sería otra cosa completamente distinta. Como expone Georgieva, necesitamos un "compromiso renovado con la cooperación internacional". Hoy, sin embargo, eso podría resultar demasiado ambicioso. Pero al menos podríamos dejar de hacer estupideces.

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