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13 de enero de 2017

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El camino hacia un nuevo desorden mundial

Termina un periodo económico y geopolítico liderado por Occidente. ¿Vendrá un desmoronamiento con desglobalización y conflictos o un período en el que más potencias opten por cooperar entre ellas?

No es cierto que la humanidad no pueda aprender de la historia. Puede hacerlo, como lo demuestra el hecho de que Occidente aprendió las lecciones del período oscuro transcurrido entre 1914 y 1945. Pero parece que ahora las ha olvidado. Una vez más estamos viviendo en una época de nacionalismo estridente y xenofobia. Las esperanzas de crear un mundo nuevo de progreso, armonía y democracia gracias a la apertura de los mercados en la década de 1980 y al hundimiento del comunismo soviético entre 1989 y 1991 se han convertido en cenizas.

¿Qué futuro le espera a EEUU, creador y garante del orden liberal de la posguerra, que pronto será gobernado por un presidente que repudia las alianzas permanentes, defiende el proteccionismo y admira a los déspotas? ¿Qué futuro le espera a una UE maltrecha, con el auge de la democracia no liberal en el este, el Brexit y la posibilidad de que Marine Le Pen sea elegida presidenta de Francia?

¿Qué futuro espera ahora que la Rusia de Vladimir Putin quiere recuperar antiguos territorios y ejerce una creciente influencia sobre el mundo y que China ha anunciado que Xi Jinping no es el primero entre iguales sino el líder principal?

El origen del sistema económico y político mundial contemporáneo fue una reacción a los desastres de la primera mitad del siglo XX. Estos últimos, a su vez, fueron causados por el progreso económico sin precedentes, pero altamente desigual, obtenido en el siglo XIX.


Las fuerzas de transformación desencadenadas por la industrialización fomentaron la lucha de clases, el nacionalismo y el imperialismo. Luego, entre 1914 y 1918 ocurrieron la guerra industrializada y la revolución bolchevique. El intento de restaurar el orden liberal imperante antes de la primera guerra mundial en la década de 1920 terminó con la Gran Depresión, el triunfo de Adolf Hitler y el militarismo japonés de la década de 1930. Esto a su vez creó las condiciones idóneas para la masacre catastrófica de la segunda guerra mundial, a la que siguió la revolución comunista en China.

Después de la segunda guerra mundial, el mundo estaba dividido en dos campos: la democracia liberal (encabezada por Estados Unidos) y el comunismo (dirigido por la Unión Soviética). Los imperios controlados por los estados europeos se desintegraron, lo que dio lugar a una serie de nuevos países en lo que se llamaba el tercer mundo.

Ante una civilización europea en ruinas y la amenaza del totalitarismo comunista, Estados Unidos, la economía más próspera del mundo y el país con mayor poder militar, utilizó su riqueza y su sistema de autogobierno democrático para crear, promover y sostener un Occidente transatlántico. De este modo, los líderes occidentales aprendieron conscientemente las lecciones de los errores políticos y económicos desastrosos que cometieron sus predecesores después de su entrada en la primera guerra mundial en 1917.

A nivel nacional, tras la segunda guerra mundial, los países de este nuevo Occidente se fijaron el objetivo de lograr el pleno empleo y un cierto tipo de estado de bienestar. A nivel internacional, una nueva serie de instituciones -el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, el antecesor de la Organización Mundial de Comercio, OMC) y la Organización para la Cooperación Económica Europea (el instrumento del Plan Marshall, más tarde rebautizado como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, OCDE)- supervisó la reconstrucción de Europa y promovió el desarrollo económico mundial. La OTAN, el núcleo del sistema de seguridad occidental, fue fundada en 1949. El Tratado de Roma, que estableció la Comunidad Económica Europea, la antecesora de la UE, se firmó en 1957.

Esta actividad creativa se produjo en parte como respuesta a las presiones inmediatas, sobre todo a la miseria económica europea de la posguerra y a la amenaza de la Unión Soviética de Stalin. Pero también reflejaba una visión de un mundo más cooperativo.

Desde el punto de vista económico, la posguerra se puede dividir en dos periodos: el periodo keynesiano de Europa y de la convergencia económica de Japón y el periodo posterior de la globalización orientada hacia el mercado, que empezó con las reformas de Deng Xiaoping en China a partir de 1978 y las elecciones en el Reino Unido y Estados Unidos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en 1979 y 1980, respectivamente.

Este último período se caracterizó por la finalización de la Ronda Uruguay de negociaciones comerciales en 1994, la creación de la OMC en 1995, el ingreso de China en la OMC en 2001 y la ampliación de la UE en 2004 que acogió a antiguos miembros del Pacto de Varsovia.

El primer período económico terminó con la gran inflación de la década de 1970. El segundo período terminó con la crisis financiera de Occidente de 2007-2009. Entre estos dos períodos hubo una época de confusión e incertidumbre económica, como está ocurriendo ahora. La principal amenaza económica en el primer período de transición fue la inflación. En esta ocasión ha sido la desinflación.

Desde el punto de vista geopolítico, la posguerra también se puede dividir en dos periodos: la guerra fría, que finalizó con la caída de la Unión Soviética en 1991, y la época posterior a la guerra fría. Estados Unidos participó en guerras importantes en ambos períodos: las guerras de Corea (1950-1953) y Vietnam (1963-1975) en el primero y las dos guerras del Golfo (1990-1991 y 2003) en el segundo. Pero no se libró ninguna guerra entre grandes potencias, aunque estuvo muy cerca de producirse durante la crisis de los misiles de Cuba en 1962.

El primer período geopolítico terminó en decepción para los soviéticos y en euforia en Occidente. Hoy en día, es Occidente el que se enfrenta a la decepción geopolítica y económica.

Oriente Próximo está en crisis. La migración masiva se ha convertido en una amenaza para la estabilidad europea. La Rusia de Putin está avanzando. La China de Xi es cada vez más firme. Occidente parece impotente.

Estos cambios geopolíticos son, en parte, el resultado de cambios deseables, sobre todo la propagación de un desarrollo económico rápido más allá de Occidente, en particular a los gigantes asiáticos, China e India. Algunos son también el resultado de decisiones tomadas en otros lugares, como la decisión de Rusia de rechazar la democracia liberal e imponer el nacionalismo y la autocracia como el núcleo de su identidad poscomunista y la decisión de China de combinar la economía de mercado con el control comunista.

Pero Occidente también ha cometido grandes errores, entre los que destaca la decisión después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de derrocar al líder iraquí Saddam Hussein y de difundir la democracia en Oriente Próximo a punta de pistola. Tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido, ahora se considera que la guerra de Irak tuvo un origen ilegítimo, se gestionó de forma incompetente y sus resultados fueron desastrosos.

Las economías occidentales también se han visto afectadas en mayor o menor grado por la desaceleración del crecimiento, el aumento de la desigualdad, el elevado nivel de desempleo (especialmente en el sur de Europa), los cambios en el mercado laboral y la desindustrialización. Estos cambios han tenido efectos particularmente adversos sobre los hombres poco cualificados. La indignación por la inmigración masiva ha crecido, especialmente en partes de la población afectadas negativamente también por otros cambios.

Algunos de estos cambios fueron el resultado de cambios económicos que eran inevitables o que no eran deseables. Es improbable que se ponga freno a la amenaza que supone la tecnología para los trabajadores no cualificados y a la creciente competitividad de las economías emergentes. Sin embargo, en materia de política económica también se cometieron grandes errores, sobre todo no poder conseguir que los beneficios del crecimiento económico se repartieran de forma más igualitaria.

No obstante, la crisis financiera de 2007-2009 y la posterior crisis de la Eurozona fueron los acontecimientos decisivos, que tuvieron efectos económicos devastadores: una subida repentina del desempleo seguida de recuperaciones débiles. Las economías de los países avanzados son una sexta parte más pequeñas hoy en día que lo que lo habrían sido si hubieran continuado las tendencias anteriores a la crisis.

La respuesta a la crisis también socavó la creencia en la equidad del sistema. Mientras la gente corriente perdía sus trabajos o sus casas, el gobierno rescató al sistema financiero. En Estados Unidos, donde el libremercado es una fe secular, esto pareció especialmente inmoral. Por último, estas crisis destruyeron la confianza en la capacidad de actuación y la honradez de las élites financieras, económicas y políticas, sobre todo en la gestión del sistema financiero y en la idea de crear el euro.

En conjunto, todo esto destruyó los pilares en los que se basaban las democracias complejas, que hacían que las élites pudieran ganar grandes sumas de dinero o disfrutar de una gran influencia y poder siempre y cuando hicieran lo que se esperaba de ellas. En su lugar, un largo período de bajo crecimiento de los ingresos para la mayoría de la población, especialmente en Estados Unidos, culminó, para sorpresa de casi todos, en la mayor crisis desde la década de 1930. Ahora, el shock ha dado paso al miedo y la rabia.

La serie de errores geopolíticos y económicos también ha socavado la reputación de la capacidad de actuación de los países occidentales, mientras que ha incrementado la de Rusia y, aún más, la de China. Y con la elección de Donald Trump también ha causado un agujero en las reivindicaciones raídas del liderazgo moral de Estados Unidos.

En resumen, estamos al final de un periodo económico (el de la globalización liderada por Occidente) y de un periodo geopolítico (el momento unipolar posterior a la guerra fría de un orden mundial liderado por Estados Unidos).

La cuestión es si lo que vendrá ahora será un desmoronamiento de la era posterior a la segunda guerra mundial que dé lugar a la desglobalización y a conflictos, como sucedió en la primera mitad del siglo XX, o un nuevo período en el que potencias no occidentales, especialmente China e India, desempeñarán un papel más importante en el mantenimiento de un orden mundial cooperativo.

Una gran parte de la respuesta dependerá de los países occidentales. Incluso ahora, después de una generación de declive económico relativo, EEUU, la UE y Japón generan algo más de la mitad de la producción mundial en términos de precios de mercado y el 36% en términos de paridad de poder adquisitivo.

También siguen siendo los países donde están las empresas más importantes y más innovadoras del mundo, los principales mercados financieros, las instituciones de educación superior de mayor renombre y las culturas más influyentes. EEUU también debería seguir siendo durante décadas el país más potente del mundo, sobre todo a nivel militar, aunque su capacidad para influir en el mundo se debe en gran parte a su red de alianzas forjadas en los primeros años de la posguerra gracias a su forma de gobierno creativa. Hay que mantener estas alianzas.

No obstante, el ingrediente esencial para que Occidente tenga éxito deben ser las políticas y las medidas que se tomen a nivel nacional. El crecimiento lento y el envejecimiento de la población ejercen presión sobre el gasto público. Dado que el crecimiento es débil, sobre todo el de la productividad, y que hay una agitación estructural en los mercados laborales, la política ha adquirido características de suma cero: en lugar de prometer más riqueza y bienestar para todo el mundo, coge cosas de unos para dárselas a los otros. Los ganadores en esta lucha han sido los que ya eran muy ricos. Esto ha incrementado el nerviosismo y la tensión de las personas de clase media y baja de la pirámide de la distribución de la riqueza y les ha hecho más susceptibles a la demagogia racista y xenófoba.

A la hora de evaluar las posibles respuestas, hay que tener en cuenta dos factores. En primer lugar, el periodo posterior a la segunda guerra mundial de hegemonía de Estados Unidos ha sido un gran éxito global. Los ingresos reales medios per cápita a nivel mundial aumentaron un 460% entre 1950 y 2015. El porcentaje de la población en situación de pobreza extrema cayó del 72% en 1950 al 10% en 2015. Por otra parte, la esperanza de vida en el momento del nacimiento a nivel mundial aumentó de 48 años en 1950 a 71 años en 2015, y el porcentaje de la población que vive en países democráticos subió del 31% al 56%.

En segundo lugar, el comercio no ha sido de ninguna manera la principal causa de la disminución prolongada del porcentaje de empleos en la industria de EEUU, aunque el aumento del déficit comercial tuvo un efecto significativo sobre el empleo en este sector después del año 2000. El crecimiento de la productividad impulsado por la tecnología ha sido más importante.

Asimismo, el comercio tampoco ha sido la principal causa del aumento de la desigualdad: todas las economías de renta alta se han visto afectadas por los grandes cambios en la competitividad internacional, pero los efectos de estos cambios sobre la distribución de los ingresos han variado enormemente según país.

EEUU y los líderes occidentales tienen que encontrar mejores maneras de satisfacer las exigencias y necesidades de sus habitantes. Pero el Reino Unido aún no tiene una idea clara de cómo va a funcionar después del Brexit, la eurozona sigue siendo frágil y algunas de las personas que Trump tienen previsto nombrar para altos cargos, así como los republicanos en el Congreso, parecen decididos a cortar los cables pelados de su red de seguridad social.

Un Occidente dividido, encerrado en sí mismo y mal administrado es probable que sea muy desestabilizador. Entonces China podría imponer su grandeza. No se sabe si podrá asumir un papel más importante a nivel mundial, dados los enormes problemas internos que tiene, pero parece bastante improbable.

Si Occidente sucumbiera a la tentación de las soluciones falsas debido a la desilusión y la rabia, incluso podría destruir los pilares intelectuales e institucionales en los que se ha basado el orden económico y político mundial de la posguerra. Es fácil entender estos sentimientos, y al mismo tiempo rechazar esas respuestas tan simplistas. Occidente no se curará a sí mismo haciendo caso omiso a las lecciones de su historia. Pero podría muy bien crear el caos en el intento.

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