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29 de septiembre de 2011

El economista.es

La hoja de ruta para salvar el euro

¦Europa da por perdida a Grecia, pero busca ganar tiempo para atajar el contagio

Bruselas y Fráncfort, las capitales del euro, tienen un problema. Se llama Grecia, uno de los 17 eslabones que conforman la cadena de la moneda única. El caso es que en las plantas nobles de las instituciones presentes en ambas ciudades asumen una realidad: Atenas no podrá afrontar el pago de sus compromisos financieros.


Es imposible. Su destino es el impago, sea cual sea el formato bajo el que se decrete finalmente. No lo dicen, faltaría más, porque son conscientes de que una cadena no es tan fuerte como el más fuerte de sus miembros, sino como el más débil.

Lo omiten, además, porque otros eslabones, como Irlanda, Portugal, Italia y España tampoco atraviesan su mejor momento. Y también porque los bancos no están preparados en estos momentos para una sacudida como la que provocaría la quiebra de uno de los países de la región.

En definitiva, las autoridades políticas y financieras europeas saben que la eurozona no podría afrontar ahora con garantías de éxito un evento de semejante magnitud, por lo que no les queda otro remedio que seguir asistiendo al país heleno. "Sin la entrega del tramo de ayuda de 8.000 millones de euros [del que está pendiente Atenas], Grecia quedaría sin fondos para hacer frente a los compromisos de pago adquiridos hasta final de año, lo que tendría consecuencias muy importantes sobre el sector financiero (ya sea sobre los propios bancos griegos o sobre los bancos europeos con exposición a Grecia) y sobre el resto de países periféricos", advierten desde Banif.

Esa es la realidad actual. Pero, ¿y dentro de unos meses? Ésta es la premisa sobre la que trabajan en Bruselas y Fráncfort: comprar tiempo, accediendo a entregar ahora esos 8.000 millones, para reforzar los flancos débiles antes de que pase lo que tenga que pasar con Grecia. En la versión más optimista, el objetivo consistiría en provocar una detonación controlada de la deuda griega con una eurozona y una banca en mejor forma para encajarla.

Para ello, deben reunirse cuatro condiciones previas. Cuatro requisitos que fortalezcan la coraza del euro y propicien que el proyecto de la moneda única siga en pie.

Ampliación del fondo de rescate y cohesión europea
El primer envite pasa por consolidar la cohesión europea y aplicar los acuerdos alcanzados por los líderes europeos el pasado 21 julio, en virtud de los cuales se amplían las competencias de la Facilidad Europea de Estabilidad Financiera (FEEF), más conocida como fondo de rescate, y se da el visto bueno a un segundo rescate de Grecia. Esa aplicación pasa por una ratificación de aquellos acuerdos en los parlamentos de los países del euro.

¿Un simple trámite? Ni mucho menos. Hasta la fecha, diez países -el útimo fue ayer Finlandia- han completado o tienen avanzado este proceso. En este sentido, será crucial la votación de hoy en el Parlamento germano -también vota Estonia-. Si el Bundestag se inclina por el sí y Alemania arrima el hombro, transmitirá confianza; si no... la desconfianza se multiplicará. El veredicto alemán servirá de ejemplo para los países que, como Holanda o Eslovaquia, tienen previsto celebrar esas votaciones en octubre.

Días después llegará otra cita: las reuniones del Eurogrupo y los ministros de Finanzas (Ecofin), "en las que los líderes europeos deben acordar la extensión del rescate de Grecia como fue pactado el 21 de julio o asumir el riesgo de dejar a Grecia sin dinero y abrir posiblemente la caja de Pandora", expone Azad Zangana, economista europeo de la gestora Schroders. A esta agenda se añadió ayer una reunión extraordinaria del Eurogrupo a mediados de octubre para seguir tratando la situación griega.

Siguiendo con la secuencia, la reunión del Banco Central Europeo (BCE) del 6 de octubre se antoja clave, porque se esperan nuevas medidas que contribuyan a aliviar la tensión. Los expertos dan por hecho que reforzará la liquidez que pondrá a disposición de los bancos, con operaciones de financiación a largo plazo (12 meses) e incluso con la reactivación del programa de compra de cédulas hipotecarias vigente entre 2009 y 2010. Al mismo tiempo, Jean-Claude Trichet, en su última reunión como presidente del BCE, podría rebajar los tipos de interés.

Riesgo de contagio a otros periféricos
Si las autoridades europeas logran transmitir la sensación de estar unidas, habrían ganado tiempo para atajar el riesgo de contagio a otros países periféricos. En este sentido, hay dos bloques: por un lado, el de los ya rescatados tras Grecia, compuesto por Irlanda y Portugal; y por otro, el de las naciones que les siguen en la lista de las más expuestas: Italia y España.

Estos países no son ajenos a la pesadilla que les esperaría si el impago heleno les pilla con las defensas bajas. Como muestra, el primer ministro de Portugal, Pedro Passos Coelho, afirmó la semana pasada que la quiebra de Grecia sería nefasta. "Estamos en el borde de una situación de gran incertidumbre, por no hablar de la posible suspensión de pagos de un Estado. Esto podría tener desastrosas consecuencias para Portugal, especialmente en el plano de la financiación de los bancos y la economía", admitió.

¿En qué medida podría ayudarles a estos países disponer de más tiempo? Para Lisboa y Dublín, retrasar lo que parece inevitable les concedería más margen para demostrar que están haciendo los deberes a los que se comprometieron para recibir sus respectivos rescates. Por el momento, y aunque sea a duras penas, los van sacando adelante, e incluso el mercado les concede cierto margen de confianza.

Se refleja en la evolución de la prima de riesgo de Irlanda, medida por la diferencia entre la rentabilidad de los bonos irlandeses y alemanes a 10 años. Tras llegar a superar los 1.100 puntos básicos -11 puntos porcentuales- en julio, en la actualidad se encuentra por debajo de los 700 puntos. La prima de Portugal, sin embargo, permanece cerca de los 1.000 puntos básicos, por lo que el país necesita más tiempo para demostrar que va progresando en sus esfuerzos.

Italia y España requieren margen por motivos distintos. El Gobierno de Silvio Berlusconi debe llevar a la práctica el anunciado recorte fiscal de 54.000 millones de euros, un paso clave para recuperar la confianza de los inversores en un país que tiene 1,2 euros en deuda pública por cada euro que genera su economía. A modo de aviso para que no le tiemble el pulso con los ajustes, la agencia Standard & Poor's rebajó la semana pasada el rating transalpino desde A+ hasta A y dejó abierta la puerta para nuevas rebajas.

En cuanto a España, todo pasa por una fecha: las elecciones generales del 20 de noviembre. Las expectativas de Bruselas y del mercado contemplan un cambio de Ejecutivo -y a ser posible, con una amplia mayoría- que conduzca a la aplicación de las reformas que están pendientes de acometer o concluir para asentar la credibilidad fiscal española.

A la espera de que ambos escenarios se cumplan, ambos países siguen demasiado expuestos al contagio. "La actual fase de la crisis, en la que mayores rentabilidades de los bonos están retornando a países que parecían relativamente saludables hace apenas unos meses, es muy seria, especialmente porque son la tercera (Italia) y la cuarta (España) economías más grandes de la eurozona", advierte Azad Zangana. Es más, sólo la intervención del Banco Central Europeo (BCE), que en agosto comenzó a comprar bonos italianos y españoles en el mercado, ha aplacado las tensiones y ha permitido que las primas de riesgo de ambos países se mantengan por debajo de los 400 puntos básicos.

Recapitalización del sector bancario
El tercer gran riesgo salpica al sector financiero. Ha quedado patente en las últimas semanas. La simple amenaza de una inminente quiebra de Grecia ha pasado una dura factura a los mayores bancos europeos, penalizados por la presencia de deuda helena -y por extensión, de otros países periféricos- en sus balances. El castigo en los parqués ha sido evidente, con los franceses, los italianos y los alemanes como los más penalizados y con unos descensos que, desde finales de junio, se mueven entre el 23 y el 52%.

Pero no son las únicas cifras que intimidan. Hay otras que preocupan más y proceden de las necesidad de capital que pueden tener los bancos para cubrir el agujero de Grecia y del conjunto de la crisis de la deuda periférica. Distintas personalidades, como la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, o el vicepresidente de la Comisión Europea, Joaquín Almunia, han aludido ya a la obligatoriedad de que los bancos europeos se recapitalicen para soportar el golpe soberano. Para que no haya dudas al respecto, el FMI precisó la semana pasada que la exposición de la banca europea a la deuda soberana periférica se cifra en la actualidad en 300.000 millones de euros, de ahí la conveniencia de reforzar el capital de las entidades ante lo que pueda pasar.

Pero hay un problema: lo fácil es decirlo; lo difícil, hacerlo. Y por dos motivos: el primero, que conseguir capital en estos momentos en el mercado es casi imposible y, en el mejor de los casos, muy caro; y el segundo, que los Estados no andan sobrados de dinero como para inyectarlo en las entidades.

Entonces, ¿de dónde saldrá el dinero preciso? Europa tiene una solución: del fondo de rescate. En julio, los líderes europeos acordaron ampliar las funciones de la FEEF para que pudiera recapitalizar los bancos. Y a eso podrían dedicar parte de los 440.000 millones con los que está dotado... siempre y cuando los países ratifiquen lo aprobado hace dos meses. Otra posibilidad pasa por hacer del Fondo un banco malo que adquiera los activos ilíquidos presentes ahora en el balance de los bancos.

Impedir que Grecia abandone el euro
La cuadratura del círculo pasa por la permanencia de Grecia en el euro. Incluso la canciller Angela Merkel ha defendido esta necesidad en las últimas semanas. Varios motivos aconsejan que sea así. El primero, evitar un colapso aún mayor para la economía helena.

El segundo, impedir que se genere la sensación de que Europa abandona a sus socios a su suerte, porque esa actuación alentaría los ataques especulativos contra otros países. El tercero, salvaguardar la estabilidad del BCE, que también tiene deuda helena en su balance -unos 50.000 millones- y que posee bonos helenos en forma de garantías por un valor próximo a los 100.000 millones.

Y el cuarto, enviar el mensaje de que el euro, como divisa y como proyecto de integración europea, no corre peligro. "Esperamos la suspensión de pagos de Grecia, pero no que abandone el euro", ya que "el coste de una ruptura de la eurozona sería demasiado elevado como para permitirla", aseguran desde la agencia Fitch.

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