La crisis de la economía española tiene en su elevada tasa de paro el principal exponente de las dificultades para asentar
su recuperación a corto plazo. La magnitud de ese desequilibrio, y las expectativas de su larga duración, no favorecen
una pulsación mínima de la demanda interna en todos sus componentes. Desde luego, perjudican el consumo de las
familias, condicionado por la reducción de las rentas del trabajo; tampoco ayuda un elevado nivel de endeudamiento, en
el entorno del 130% de la renta bruta disponible. La confianza de los hogares no deja de erosionarse a medida que en un
número creciente de los mismos no hay ningún miembro con empleo.